La parte más visible, más fotogénica de la crisis del cuerno de África es sin duda la de los Campos de Refugiados tanto en Dadaab en Kenia como en Dollo Ado en Etiopía, pero en términos absolutos representan una parte pequeña de la población golpeada por la crisis. La mayoría de estas personas padeciendo la sequía siguen en sus pueblos, con sus familias, tratando de aguantar un poco más, tratando de esperar que venga un día más.
Wajir o Turkana en Kenia o Borena o Shinile en Etiopía son ejemplos de ello. En Wajir viven más de 300.000 personas y en gran medida la ganadería es su fuente básica de sustento. Hasta ahora debido a la sequía han perdido muchísimo de este ganado y el poco que les queda está hambriento. Tan hambriento que se come la cuerda que les ata, pues está hecha de cáñamo y es comestible, tan hambriento que entra en la casa y come lo que puede, tan hambriento que hay que proteger la comida que se les da a los niños para que no se la quiten, tan hambriento que incluso se come los techos de las casas pues están hechos de material vegetal…
¿Cuántas cabras tenía usted señora? Pregunto. Cuando era joven teníamos hasta 300, dice orgullosa. ¿Y hace un año, antes de comenzar la sequía? Entonces ya sólo tenía 150, la vida es difícil aquí. ¿Y ahora cuántas le quedan? Ahora, ahora mismo no lo sé, anoche tenía 26, pero desde anoche seguro que alguna más se ha muerto o alguna se ha ido.
¿Y por qué no se van con los rebaños más lejos dónde haya agua? Antes lo hacíamos, me contesta un señor con barba cana, cuando era joven caminábamos hasta 200 kms para buscar pastos, pero desde entonces, cada vez las sequías son más frecuentes, antes cada 6 o 7 años, ahora cada 2 años, dice. Y además más extendidas, no hay donde podamos ir. Lo miro y pienso para mí, otra más del cambio de climático, el problema típico, ¡lo producimos los ricos y lo pagan los pobres!
Otra señora joven quiere hablar, quiere explicarnos lo difícil que le está resultando criar a sus hijos, no hay agua, su ganado también ha sido diezmado y el precio de la leche para su niña pequeña se ha disparado, no puede comprarla, no puede desde que ha perdido tantas cabras y las que le quedan valen ahora menos de una cuarta parte de lo que valían hace un año.
Algunos también se quejan de los refugiados, dicen que vienen con su ganado y que también se han comido los pocos pastos que quedaban, y también que se llevan la leña y las mujeres, siempre las mujeres, deben caminar más para traer leña para cocinar. Uno más avanza y dice, ¡todo es para los refugiados! ¿Qué pasa con nosotros? Su rostro muestra dolor, alza los brazos y vuelve a su sitio. Entonces uno de los ancianos explica que entienden la situación de los refugiados que han venido de lejos huyendo de la sequía y del conflicto y de las penurias por las que han tenido que pasar, pero también quiere que entendamos que ellos no tienen dónde ir, que su situación es muy dura y que quitarle algo a quien poco tiene lo pone en el borde del abismo, si no es que ya lo estaba antes.
Asi pues cuando me alejo despacio pienso en lo mucho que se habla de los refugiados y lo poco que se habla de aquellos que no tienen donde refugiarse y entonces allí aparece, el camello en la cuneta y algo dentro de mi dice, si esta brutal sequía es capaz de acabar con un animal tan resistente como un camello, que no estará haciendo con todas esas pequeñas criaturas que aún no saben ni hablar….
Fran Equiza
